domingo, agosto 04, 2013

Spartacus: Vengeance. Elevémonos al puto Olimpo


Spartacus sigue siendo una de las mejores series del momento, al menos en mi opinión. Sigue siendo excesiva, sí: mucha sangre, muchas vísceras, mucha cámara lenta, demasiado efectismo, pero funciona. Y sigue contando con dos bazas que pocas o ninguna serie explotan ahora mismo como ésta: el sexo como un motor fundamental, sin tapujos, sin mojigaterías, como algo natural e incluso obsesivo (como en la vida misma); y sus personajes, que siguen siendo tan redondos como siempre. Unos motivados por la ambición más pura, otros por las ansias de libertad, entremezclado con la venganza, con deseos inconfesables, con el ansia del perdón.

La serie tuvo un parón cuando el actor principal enfermó y murió más tarde (D.E.P.), así que la tercera temporada parte con dos graves problemas: el cambio de actor principal (que, vista la temporada, no es tal problema, ya que el bueno de Liam McIntytre compone un Espartaco más que decente, paliado además en su versión española por el doblaje, que es el mismo), y sobre todo la falta de ese enorme malvado que es Batiato, encarnado por un gigantesco John Hanna que debería haber ganado cien mil premios por su papel. Se repescó un poco por la patilla a Lucrecia, ya que no parecía que hubiera podido sobrevivir a la carnicería del último episodio.

Los diez capítulos de Vengeance han jugado a contraponer la fuga de los rebeldes con los intentos por someterlos. De los escenarios cerrados de Capua hemos pasado a escenarios un poquito más abiertos (pero no demasiado), como son el Vesubio y los bosques. El ludus también ha estado muy presente durante toda la temporada, y la arena también ha tenido sus momentos de gloria. O decadencia.

Las tramas siguen hilvanándose sin problemas ni estridencias, y su tratamiento del sexo sigue siendo valiente, sin cortarse un pelo y con naturalidad (incluso en las escenas homosexuales, de forma lógica, por otra parte). El trato a sus personajes sigue siendo igual de audaz, matando personajes con los que nos encariñamos sin demasiado pudor. De hecho, al igual que en la primera, al final de ésta se hace un poquito de criba con muchos secundarios. La nueva temporada deberá llenar el hueco que dejan éstos, algunos de ellos verdaderamente redondos y memorables.

Los diálogos siguen siendo esa mezcla tan extraña y divertida de declamaciones en tono grave y sublime repletas de pollas, putas y toda la ristra de palabrotas y chascarrillos que se nos ocurran. Las aventuras de los gladiadores están repletas de sangre y violencia, pero los buenos sentimientos siguen teniendo su lugar, sobretodo en Espartaco, empeñado en no actuar como los romanos, lo cual le obliga a tomar decisiones contrarias a sus deseos por hacer lo correcto y lo inteligente. Pero cuando hay que dar caña, se da caña, desde luego. Espartaco es bueno, pero no gilipollas.

Los juegos de traiciones, secretos y conjuras se dan, sobretodo, en el bando de los romanos, en contraste al bando de los rebeldes, donde todo es más a las claras y donde parecen haberse adelantado a su tiempo, sin hacer ya distingos entre hombres y mujeres en cuestiones de guerra. La lucha por la libertad flota en el aire mucho más que en las otras temporadas, y el eterno mensaje de que la libertad (o cualquier otra causa elevada) no se puede conseguir de manera fácil y sin sacrificios, subyace en cada una de las escenas de la serie.

Sin gruñidos

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